Ignorancia, creencia e increencia

Se equivocan quienes piensan que hay más ignorantes en el lado de los creyentes que en el de los increyentes. Ilustra bien esta equivocación lo publicado en el día de hoy por Javier Sampedro en el diario El País. Afirma, este científico de formación, que, ante la amenaza de la pandemia provocada por el coronavirus, “los líderes religiosos sensatos no están siguiendo su doctrina, sino los criterios de la ciencia” y que “cuando un tratamiento funcione, veremos obispos haciendo cola en los hospitales”.

En ningún sitio dice el autor qué es eso que denomina “su doctrina”, la cual, además, parece ser la misma en todas las religiones en lo que en materia de pandemias se refiere. La cuestión es que serán sensatos en la medida en que dejen de ser creyentes.

Tanta “poesía gongorina” para al final sacar a relucir la vieja acusación positivista de que la creencia es incompatible con la ciencia (con cierta bilis volteriana, incluida de paso, contra los obispos). Sin que falten las socorridas referencias a los grupos evangélicos integristas que se creen capaces de exorcizar virus, tumores y lo que haga falta y que piensan que las teorías de la evolución y la Biblia son incompatibles.

Que estos confundan magia, superstición o literalismo con religión, por desgracia va de suyo, pero que esa misma ignorancia la demuestre un divulgador científico es menos aceptable. Baste citar a Galileo (icono del positivismo decimonónico), quien recurría sin cesar a San Agustín para recordarnos que la religión no está para resolver problemas sobre el funcionamiento de la naturaleza: la intención del Espíritu Santo fue enseñarnos cómo se va al cielo y no cómo va el cielo. Hay cosas que no pertenecen al ámbito de la religión, como las hay que no pertenecen al de la investigación y experimentación científica (v. gr. la referida sensatez, deseable virtud que no hay forma de medir o sintetizar).

Por cierto, San Agustín, que por si alguno no lo sabe, es un pensador cristiano del siglo V, no vaya a ser que se diga que la religión acaba de “estrellarse contra el duro suelo de la realidad” y que tras sufrir durante “semanas una ducha de realidad para la que, tampoco ella, estaba preparada” ha decidido metamorfosearse para sobrevivir, como los principios de Groucho Marx.

Ignorantes e insensatos hay, por desgracia, tanto entre creyentes como en no creyentes de toda clase. Por eso conviene seguir trabajando, leyendo, aprendiendo y escribiendo, sin mala fe y falta de rigor, para que cada vez haya menos.

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