El Dios mascota

No crean que me refiero a aquellos que idolatran a sus animales de compañía (que los hay, y cada vez más). Me refiero a otro tipo de idolatría. La más dañina, en tanto que abunda entre los propios creyentes y nos pasa desapercibida. Aquella por la cual concebimos a Dios como una tierna e inofensiva mascota a la recurrir como vía de escape, desahogo y consuelo en momentos de dolor, soledad o tristeza.

Está claro que Dios no pasa de moda. En nuestra secularizada cultura occidental, la idea de Dios sigue siendo motivo de agitación dialéctica. Por eso continúa empleándose para construir llamativos titulares de noticias (que luego sólo refieren la cuestión muy de pasada): “Dios es una idea. No me interesa la pregunta sobre si existe o no”, “No hay sitio para Dios en el Universo”. Como siempre, la cosa va de cómo concebimos a Dios, creyentes y no creyentes.

Es una idea muy vieja afirmar que Dios es una idea.

Todavía hoy se discute en torno al famoso argumento de San Anselmo (siglo XI), ese que Kant bautizó injustamente como “ontológico” y que trataba de demostrar la existencia real de Dios a partir del análisis de la idea misma de Dios: “aquello mayor que lo cual nada puede ser concebido”.

En el siglo XIX, Ludwig Feuerbach quiso construir un humanismo ateo poniendo el acento en que Dios no es más que una idea fabricada a través de un mecanismo de proyección psicológica. Es decir, que somos los seres humanos quienes hemos creado a Dios a nuestra imagen y semejanza, y no al revés.

Lo de Feuerbach tampoco es nuevo. Toda la Biblia es un relato de cómo los seres humanos no paramos de construirnos imágenes interesadas de Dios (ídolos) y cómo Dios interviene para ayudarnos a purificar esas ideas que nos hacemos de Él.

Por supuesto que Dios es un concepto de manufactura humana. ¿Qué concepto no lo es? La cuestión es cómo y a partir de qué construimos nuestros conceptos.

Desde el sano realismo que caracteriza su pensamiento, Santo Tomás de Aquino, en la Suma contra gentiles, advierte de que nuestra manera de concebir a Dios está muy condicionada por lo que nos han enseñado de niños. El Aquinate siempre nos recuerda que hay que ir a la cosa, a la realidad, a aquello que tratamos de alcanzar con nuestros conceptos. Porque una cosa es la realidad y otra diferente los conceptos que le aplicamos para intentar conocerla. Esto es lo que le hizo rechazar el argumento de San Anselmo y lo que hace igualmente cuestionable el argumento de Feuerbach: del análisis de la génesis de la idea de Dios no se puede concluir nada acerca de la existencia o inexistencia de aquello que refiere la idea.

Poco se acercará nuestra idea de Dios a la realidad de Dios si por medio de ella pretendemos domesticarle, controlarle y convertirle en una especie de ibuprofeno existencial. Es la tentación que tenemos los seres humanos en toda relación personal; nos pasa con Dios y también nos pasa con las personas que tenemos cerca y a las que queremos querer: creemos que, como son dignas de nuestro amor, deberían responder a nuestras expectativas.

Nuestra fe deja de ser fe cuando se vuelve egocéntrica y realizamos toda consideración sobre Dios exclusivamente desde el punto de vista humano, como si Dios simplemente existiera para mí, sólo en tanto que su existencia me resulte útil para algo. Sin embargo, sólo un Dios que no se limite a ser la respuesta a las profundas aspiraciones del ser humano podrá ser Dios y dar respuesta a dichas aspiraciones. La crítica de Feuerbach, curiosamente, resulta ser un verdadero antídoto contra esta idolatría que convierte a Dios en un entrañable mascota.

“No se preocupe, si no hace nada”. Seguro que a muchos de ustedes se lo ha dicho alguna vez el dueño de una mascota la cual se les ha acercado más de lo tolerable. Mal asunto si presentamos a Dios de la misma manera. Tal y como advertía C. S. Lewis con su aguda y elegante contundencia, bueno no significa inofensivo.

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