El misterio de lo conocido

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Probablemente, “Misterio” sea una de las categorías fundamentales para explicar la conducta religiosa del ser humano. Juan Martín Velasco define, precisamente, la religión como la actitud de reconocimiento del Misterio de lo divino que da sentido a nuestra vida y nos salva. Esta actitud de reconocimiento entraña una relación con Dios caracterizada, por parte del ser humano, como oblativa (de entrega confiada) y salvífica (saberse salvado).

El término misterio tiene otras acepciones diferentes a su uso religioso, lo que muchas veces origina equívocos. Por este motivo, hay quienes prefieren sustituirlo por otros conceptos, tales como arcano. Uno de los equívocos más frecuentes se produce cuando se identifica sin más “Misterio”, en su sentido religioso, con “desconocido”. Esto lleva muchas veces a imputar a Dios todos aquellos sucesos cuyas causas ignoramos, algo que tiene más de magia y superstición que de religión. Abdicar, de esta manera, del don de la razón que Dios nos ha dado es renunciar a lo que nos hace humanos y acaba engendrando ídolos, como el “God of the gaps” o “Dios tapa-agujeros”, que tanto obstaculizan la fe del hombre contemporáneo.

Santo Tomás de Aquino decía que Dios nos es a la vez conocido y desconocido. Creo que es una buena manera de expresar lo que se quiere decir con “Misterio” en la religión. Siguiendo la senda de la analogía que nos marca el Aquinate, podemos afirmar que algo parecido a lo que nos pasa con Dios, nos sucede con las personas. Sólo cuando tenemos la experiencia de la intimidad con alguien -que se nos regala a través de la amistad por medio del rostro, la acción y la palabra- es cuando tomamos conciencia de lo inaccesible de su interioridad. Sólo cuando conocemos bien a alguien es cuando experimentamos lo insondable e indisponible de su ser. Y si hay un momento en que esto se experimenta con cruda contundencia es cuando la muerte nos lo arrebata. Pocos lo habrán descrito mejor que C. S. Lewis en su texto sobre el duelo por la pérdida de su esposa: Una pena en observación.

La analogía de la relación personal es especialmente iluminadora en este sentido: sólo cuando tenemos experiencia del otro como otro, como sujeto y no como objeto, es cuando éste se me revela como misterio. Porque que el misterio se revele, no significa que deje de ser misterio. Al contrario, es lo que posibilita que lo experimentemos como tal. Pero del equívoco entre “revelar” y “explicar” hablaremos en otro momento.

Feliz día a todas las Martas.

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