Las nuevas pedagogías y el traje nuevo del Emperador

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La analogía es muy sugerente, se la debo a una amiga profesora de secundaria. Todos aquellos que se dedican al mundo de la educación saben que está muy de moda esto de “las nuevas pedagogías”, tanto que en algunos casos se acaba hinchando el asunto hasta el punto de generar una formidable burbuja. Surgen como setas expertos en nuevas pedagogías que declaran en tono revolucionario el fin de una decrépita manera de enseñar y el nacimiento de una nueva era pedagógica. Curiosamente, muchos de ellos (demasiados) no han pisado un aula como docentes en su vida, tal vez piensan que así salvaguardan la objetividad propia del científico.

Proliferan los cursillos sobre técnicas y rúbricas, neurociencia y competencias, y alguno en pleno éxtasis neopedagógico proclama la muerte del conocimiento: ¡los contenidos no importan, los tenemos a un click, lo que importa es saber usarlos!. Es el peligro del maniqueísmo que suele entrañar toda revolución. Al final siempre acaban rodando cabezas. Y en este caso, ni más ni menos que la cabeza del conocimiento, al que imprudentemente han confundido con la información (que, en todo caso, también tiene derecho a vivir).

Sospecho que detrás de estas altas dosis de insensatez se encuentra una desmedida admiración por la mal llamada “inteligencia artificial” (sobre la que en otra ocasión habré de decir algo). No es la primera vez que, en una pirueta alquímica, forzamos una analogía hasta convertirla en identidad al tratar de explicar al artífice a partir del artefacto (ya Descartes quedó deslumbrado por los autómatas). Así que bien podríamos decir: ¡es la antropología, estúpido!.

Ciertamente, la cuestión fundamental que se está ventilando en el fondo es cómo concebimos al ser humano. Ya el bueno de Santo Tomás nos dijo que al conocer se forma nuestro ser. No somos ordenadores que se programan, somos personas que se forman. No buscamos conocer simplemente para hacer, sino para ser, porque estamos necesitados de sentido (los fenomenólogos lo explican diciendo que los seres humanos no tenemos entorno, como los animales, sino mundo).

Hace no mucho tiempo el tema de moda en los centros educativos fue la interioridad. Tal vez este aspecto esté siendo relegado o, como todo lo demás, reducido a una mera “gestión” de las emociones. Sería una pena, pues permitía tomar en consideración dimensiones profundas del ser humano.

Ser esclavo de las modas es peligroso, pero cuando se trata de la educación de las personas, lo es especialmente. Algunos centros educativos parecen haberse embarcado en una enloquecida carrera por ver quién emplea los métodos más vanguardistas, y al final todos acaban haciendo lo mismo, aquello que a cada momento impera en el mercado, cayendo en una empobrecedora uniformización. Las diversas tradiciones católicas que inspiran tantos centros educativos en España pueden ser un importante revulsivo para esta situación si logran proponer de manera actualizada aquello que su carisma puede aportar de específico al ámbito de la educación hoy. Desde la espiritualidad dominicana que me sostiene, creo que hay, al menos, dos elementos que podemos aportar: el rigor en la reflexión y la formación teológica de los jóvenes y el cultivo de las denostadas humanidades.

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