La democracia de los muertos

¿Quién podría hacer coincidir a un materialista y a un católico? El escritor y pensador británico y católico Gilbert Keith Chesterton.

Anteayer tuve el gusto de disfrutar del debate organizado por Mercedes Martínez Arranz en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid bajo el título “G. K. Chesterton: anticapitalismo y tradición”. Debate protagonizado por dos viejos conocidos: Carlos Fernández Liria, materialista y profesor de aquella casa, y Juan Manuel de Prada, católico y escritor. Fue estimulante verles polemizar esta vez de viva voz. Como pueden imaginar, la coincidencia estuvo en su anticapitalismo y la divergencia en el valor dado a la tradición.

Fernández Liria -que confesó haber tenido una crisis de fe atea al leer Ortodoxia- hizo, a modo de prolepsis, una encendida defensa del pensamiento ilustrado al que insistió en exculpar de la implantación del sistema económico capitalista, a la vez que le agradecía el habernos liberado del yugo de la tradición. Según él, distinguir un mínimo antropológico de facto y otro de iure que nos permita otorgar derechos no puede ser considerado un ataque a lo que somos: permitir el aborto o el divorcio no es fomentarlo. Afirmó que si algo nos había enseñado la antropología es que las tradiciones de los ancestros están llena de supersticiones. La razón ilustrada no es fría e imperialista -advirtió-, los imperialistas son los defensores de la tradición que siempre quieren imponérsela al vecino, cuyas tradiciones suelen considerar bárbaras. Fue entonces cuando hizo menión a la expresión de Chesterton “democracia de los muertos”, la cual nos llevaría, en su opinión, al atavismo. Nadie debería arrogarse la posesión de la verdad o de la razón porque racional es lo que se acuerda en el debate público.

De Prada, próximo al diagnóstico y a la propuesta de solución de Chesterton, mostró al escritor británico como a un pensador profético muchas veces secuestrado por quienes, en un extremo, reducen su obra a lo meramente estético-literario o por quienes, en el otro extremo, desde un catolicismo simplón, lo usan para hacer citas piadosas. Calificó de abdicación de la razón la definición de racional presentada por su disputador materialista: la razón que se esconde detrás del consenso de la mayoría es una razón cobarde que no se atreve a buscar la realidad tal y como es en sí. Por mayoría se pueden acordar las mayores aberraciones. Así, rechazó el hegelianismo que se deslizó en la postura de Fernández Liria, el cual había afirmado que el consenso garantiza el progreso, pues nadie se atreverá a revertir un derecho reconocido públicamente por mayoría. Y prosiguió haciendo suyos muchos de los planteamientos de Chesterton. Situó el origen del capitalismo no en la Ilustración, sino en la Reforma Protestante y denunció la incapacidad del marxismo para presentarse como alternativa al capitalismo por haber asumido sus mismos presupuestos: el endiosamiento del ser humano, el absolutismo de su voluntad. El capitalismo, que no es el libre mercado sino la lógica del enriquecimiento, mata -como la razón ilustrada- todo lo que no entra en su lógica. La democracia de los muertos no es volver a la tribu sino recuperar el diálogo con la tradición para seguir buscando la verdad. Esa tradición que el capitalismo necesitaba aniquilar para poder implantarse. Reducir los salarios al mínimo exigía reducir al máximo la natalidad. Así, al no tener hijos, los proletarios tampoco tendrían por quienes luchar. Era necesario, por tanto, hacernos creer que tener hijos nos hace menos libres. Era necesario hacernos creer que somos más libres cuando convertimos el sexo en ocio desligándolo de la fertilidad (con los, por él denominados, “derechos de bragueta”), algo impensable también en el mundo pagano donde ésta era sacralizada. Finalmente, Juan Manuel de Prada aseguró que la profecía de Chesterton de que el miedo al comunismo no era más que un espantajo, una distracción promovida por el capitalismo para inocular su virus a los católicos, se había cumplido.

El duelo fue de lo más sugerente y, en mi opinión, ayudó a resaltar las virtudes de la Ilustración, pero también sus ya conocidos límites. La Ilustración hizo ganar confianza al ser humano y reveló cómo muchas de las cosas que creíamos naturales eran, en realidad, construcciones humanas. Sin embargo, como contrapartida, redujo hasta la escualidez el concepto de razón y divinizó la voluntad humana haciéndonos creer no sólo que construíamos realidades sino que podíamos crearlas ex nihilo. Como señalaba Sixto Castro recientemente, parte de la filosofía moderna consiste en las polémicas medievales sobre los límites de la voluntad divina trasladadas a la voluntad individual.

Es cierto que necesitamos una democracia donde participen los muertos. No por el hecho de estar muertos. Tampoco porque, por una suerte de resabio romántico, debamos creer que los antepasados están más cerca de la verdad. Sino porque la búsqueda de la verdad es un esfuerzo histórico compartido, tal y como muestra el propio quehacer filosófico, en el que los muertos están constantemente interpelándonos. Son los muertos, precisamente, los que nos dicen al oído “¡Respice post te, hominem te esse memento!” para que no olvidemos que no somos Dios.

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Un comentario en “La democracia de los muertos

  1. Interesante debate por la reseña del mismo. Me hubiera gustado estar presente. Apuntar que me agrada que la Universidad Complutense permita el debate y la exposición de ideas, entre ellas las cristianas, algo que no siempre permiten muchos de sus “[in]tolerantes ilustrados”, que rápidamente sacan sus guillotinas. Lo he visto demasiadas veces. La Ilustración, que en parte vive del mito buenista (la luz), y la Edad Media, que en parte pervive con el mito contrario (oscurantista), no fueron tan simples en sus ideas ni en sus definiciones. Es importante desmitificar el pensamiento ilustrado, en grandísima parte voluntarista, como dice el artículo, y ello por ser mágico, en el sentido primordial de su semántica, respirando de Pico, Reuchlin, Bohme, Bourignon, Oetinger… Sin ellos no se entiende el fondo ilustrado, la filosofía idealista y el alzamiento de la “luz” ilustrada, que es la luciferina que las logias de esos años, masones, martinistas, iluminati, rosacruces… No es la Luz de Jesucristo, que en estos días celebramos.

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